Por qué ya no voy a Dunkin’ Donuts

Para que mi estimado lector pueda entender la enormidad de mi desaliento, lo invito a rememorar conmigo una época no tan lejana, cuando era una pequeña pingüina en Punta Arenas, y aún no entendía la enormidad del mundo.

Cuando era pequeña mi papá tenía muchos viajes “Al norte”. Daba lo mismo si a Santiago, Concepción o Chuchunco City, lo único que sabía es que iba al aeropuerto, se subía a un avión y partía para el norte, porque claro, no se podía ir más al sur (por lo menos según yo).

Estos viajes podían durar desde un par de días a una semana completa, pero lo que en verdad me importaba era que junto con mi padre sano y salvo volvía siempre una caja blanca, con bordes naranjos y rosados, llena de esos dulces que solo había visto en la tele: Donuts.

Era algo verdaderamente mágico el ser despertada para tomar desayuno en la cama familiar, calentitos, mientras comíamos una dona a nuestra elección. Yo ni sabía que venían de un stand concesionado, y que había muchos puestos que vendían esas delicias. Para mi era algo de una vez en la vida, y tenía mucha suerte de que mi viejo pudiera viajar al norte, donde se vendían, y además contar con el dinero para traernos de regalo.

Fast forward varios años después y me mudo a una ciudad donde no hay solo uno, sino 3 puestitos donde venden este mágico dulce. Ya había tenido varias oportunidades para ir a varios Dunkin’ Donuts a lo largo del país, pero ahora mi emoción era mayor, ya que no tendría que recurrir a la excusa de un viaje para poder probar las donas y el café, sino que podría disfrutar de ellos cuando quisiera.

Y…quizás fue allí cuando murió la magia, o quizás fueron las personas y la propia empresa la que fue rompiendo de a poquito el cristal con el que veía la maravilla que creía era el Dunkin’.

Las personas no atendían con cordialidad ni alegría, eran ineficientes y de frentón pencas. Los cafés empezaron a ser extremadamente dulces o extremadamente amargos, y las donas se fueron achicando, perdiendo sabor y se transformaron en un antojo pasajero…y si bien ya no creo que vaya, porque ya no disfruto ni el servicio ni el producto que ofrecen los puestitos en Concepción, de todas maneras seguiré teniendo mis recuerdos de “maravillosas” donas…

WOW, no pensé que saliera tan dramático todo, pero bueno, por lo menos lo escribí. ¿Alguien más ha tenido alguna desilusión de este tipo? yo creo que no soy la única que el tiempo o la habitualidad le haya arruinado algo trivial.

 

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