Cosas que un Magallánico hace fuera de Magallanes

Después de 4 años viviendo fuera de mis tierras, me he dado cuenta de ciertas características comunes que compartimos todos los magallánicos, especialmente en actitudes que nos identifican de otros posibles afuerinos, aquí una pequeña lista:

  1. No paramos de hablar de nuestra tierra. 

    Por lo menos durante los primeros años es bastante común oír a un magallánico hablar (casi constantemente) de como es su ciudad, las cosas que hay o que no hay, las costumbres, etc. A veces ni siquiera es necesario que la ciudad o región salga a la palestra, sino que simplemente se quiere hacer el comentario. En mi opinión esto es en parte porque la gente nos pregunta por la ciudad que nos vio crecer (admitámoslo, para muchos aún somos tierra indómita) y en parte por el shock cultural que nos provoca salir de forma semi permanente de nuestro hogar. Si la cara de pollo no es porque si nomás.


  2. Tenemos una bandera, chapita, parche, o algo representativo de la región. 

    Esto es común para todos, pero como muestra su memento difiere para cada persona. Varios pueden tener la bandera de Magallanes en la pieza de la pensión, o puesta en un mástil en su nueva casa, para que toda visita tenga claro de dónde se és y donde está su orgullo. También pueden haber cosas más sutiles como el típico parchecito en la mochila o un pelucho de pingüino u oveja encima de la cama. Un par de fotos enmarcadas también cuenta, hasta las postales para los turistas o la caja de chocolates del Norwiesser (sin los chocolates), todo vale al momento de tener un pedacito de la región con uno.


  3. Tenemos una ligera desorientación.

    Me niego a pensar que soy solo yo. A pesar de tener la suerte de haber viajado por Chile casi que completo, no tengo idea donde queda tal o cual ciudad. Todo esto es por una razón muy simple: por 18 años de mi vida todo lugar quedaba al norte. Así nomás, “pa’l Norte”. Santiago, Conce, Arica, Valdivia, Valparaíso, Tomé, Coyhaique todo quedaba al Norte de donde estaba. Nada que al sur de acá y al cerró por allá, no. NORTE. Lo que suele ser bastante frustrante para mi, porque ahora que vivo por el centro del país no tengo ni idea para donde quedan ciertas ciudades o simplemente me confundo y sigo pensando que todo es norte. Por lo menos ahora estaré un %50 del tiempo en lo correcto.


  4. Aprendemos algo de manejo de tiempo.

    No es que no lo hayamos tenido antes, sino que era más sencillo. Las ciudades magallánicas son relativamente pequeñas, pero por sobre todo caminables, por lo que era muy sencillo el transportarse de un lugar a otro. Por ejemplo, lo que más me demoraba caminando a la casa de un amigo era una hora. Ojo, caminando, mientras que acá me puedo demorar una hora en auto para ir al Mall o a la casa de mi mejor amiga, sin exagerar. Eso explica nuestra pequeña obsesión con encontrar departamentos o pensiones cerca del lugar de trabajo o la universidad, por que sino andaríamos los primeros días siempre apurados o llegando tarde (que esto se extienda más allá del primer año de salida ya es problema personal).


  5. Durante los primeros años fuera, pasamos el 80% del año con ropa de verano.

    Hasta que no te aclimatas, en cualquier otra región hace calor. Y no que esté agradablemente calentito, sino que hace calor, de ese que te obliga a usar shorts y poleras manga corta hasta Junio cuando comienzan las lluvias, para retomarlas por Septiembre cuando comienza de nuevo a salir el sol. En cuatro años, esta es la primera vez que ocupado mi parka para nieve en Conce para el invierno, por lo que ya me puedo considerar con el termostato acostumbrado, pero el tiempo para aclimatarse dependerá de cada persona.


  6. Extrañamos el calentador.

    Dícese “calentador” a lo que los demás chilenos llaman “estufa”. Simplemente es esa sensación de hogar que brinda el tener un punto fijo de calor constante, de llegar de la calle con temperaturas bajo cero a tu casita  y que te envuelva una nube de tibieza para luego irte al centro de la cocina o el living a compartir un rato con los que disfrutan del mismo calorcito.


  7. Necesitamos un diccionario.

    Así como tuve que aclarar el significado de “calentador” en el punto anterior, es necesario aclarar varias cosas cuando hay una conversación entre chumangos y nortinos. Cosas como “cocina” el nortino lo entiende como la pieza donde se encuentran las cosas y se realiza la actividad de cocinar, mientras que para nosotros es la parte que va arriba del horno, donde se pone a calentar la olla. Cuando el nortino juega a la “pinta” o a la “tiña”, los chumangos juegan a la “mancha”. Adjetivos como “maceta” o “guasca” no se comprenden, y “hacer una cucha” se transforma en “hacer la vaca”. Nadie sabe que es “apagar tele” salvo los carreteros chumangos, y así muchos ejemplos. Por lo menos en mi caso este problema de lenguaje ha sido el foco de conversaciones y burlas muy entretenidas de las que no me canso.


  8. Se nos va el “cantadito”.

    Triste, pero cierto. Ese hablar medio melódico, medio del campo, se va perdiendo con el paso de los años. Claramente uno como magallánico no lo escucha, ni siquiera cuando retorna a sus tierras, pero los demás (los nortinos) si notarán cuando esté o se vaya esa particular forma de hablar.


  9. Nos traemos muchos, muchos encargos.

    Ya sea del norte al sur o del sur al norte, casi siempre llevamos la maleta llena. En el primer caso, para llevar cosas del norte que no hay en el sur (como ciertas marcas de ropa o algún artilugio que estaba más barato allí) y en el segundo, para llevar recuerditos y cosas que te hacen sentir como en tus tierras (chocolates Norweisser, alcohol caro comprado barato, cosas varias de la Zona Franca, y lo que sea que tenga el nombre “calafate” puesto).


  10. No nos preocupamos si alguna vez vamos a volver.

    Sabemos que volvemos. Ya sea por un par de semanas en las vacaciones, ya sea para hacer familia o para mostrarle a algún conocido la tierra de la pampa y el viento, vamos a volver. Puede que pasen meses o años, pero un magallánico siempre vuelve, simplemente es así…además que hay que hacer que el mito de calafate siga siendo realidad ¿o no? 😉

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